Inspiración TED

La manera correcta de ser introspectivo

por Tasha Eurich

Centrarse obsesivamente en uno mismo puede ser satisfactorio, pero el problema es que también puede ser perjudicial. La psicóloga organizacional Tasha Eurich sugiere formas para dejar de romperse la cabeza y aprender a salir adelante de verdad.

Tiempo de lectura: 09 minutos

LEA ESTE ARTÍCULO


Era la noche del martes, cerca de las 11. Encerrada en mi oficina a oscuras, me senté a mirar un conjunto de datos recién analizados. Unas semanas antes, mi equipo y yo habíamos realizado un estudio sobre la relación entre la autorreflexión y resultados anímicos como la felicidad, el estrés y la satisfacción en el trabajo. Tenía confianza en que los resultados mostrarían que las personas que dedicaban tiempo y energía a examinarse a sí mismas tendrían una comprensión más clara de sí mismas y que este conocimiento tendría efectos positivos sobre sus vidas.

Pero para mi sorpresa, los datos indicaban exactamente lo contrario. Las personas que obtuvieron una alta puntuación en autorreflexión estaban más estresadas, deprimidas y ansiosas; menos satisfechas con sus trabajos y sus relaciones; más absortas en sí mismos; y se sentían con menos control sobre sus vidas. Es más, estas consecuencias negativas parecían aumentar cuanto más reflexionaban.

Aunque no lo sabía en ese momento, me había encontrado con un mito sobre el conocimiento de uno mismo que los investigadores apenas están empezando a comprender. El psicólogo de la Universidad de Sídney, el doctor Anthony M. Grant, descubrió que las personas que poseen una mayor introspección, algo que él define como un conocimiento intuitivo sobre nosotros mismos, disfrutan de relaciones más fuertes, un sentido de finalidad más claro, un mayor bienestar, mayor aceptación de sí mismas y más felicidad.

Estudios similares han demostrado que las personas con gran introspección se sienten más en control de sus vidas, muestran un crecimiento personal más notable, disfrutan de mejores relaciones personales, y se sienten más tranquilas y contentas. Sin embargo, Grant y otros investigadores también se han dado cuenta de que no existe una relación entre introspección y conocimiento de uno mismo. Esto significa que el acto de reflexionar sobre nosotros mismos no está necesariamente correlacionado con un mayor autoconocimiento. Y en algunos casos incluso se encontraron con la situación opuesta: cuanto más tiempo dedicaban los participantes a la introspección, menos conocimiento tenían sobre sí mismos. Es decir, podemos dedicar todo el tiempo del mundo a la autorreflexión y acabar con los mismos conocimientos sobre nosotros mismos que teníamos al principio.

¿Por qué es importante esto? Después de tantos años de investigación sobre la introspección, he llegado a creer que las cualidades más importantes para el éxito en el mundo de hoy, incluidas la inteligencia emocional, la empatía, la influencia, la persuasión, la comunicación y la colaboración, proceden todas del conocimiento de uno mismo (charla TEDxMileHigh: Learning to be awesome at everything you do [Cómo aprender a ser fantásticos en todo lo que hacemos]). Si no nos conocemos a nosotros mismos es casi imposible dominar las habilidades que nos hacen ser jugadores más fuertes en el equipo, líderes más carismáticos y forjar mejores relaciones, ya sea en el trabajo o en otros aspectos de nuestras vidas.

Se puede decir que la introspección es la forma más popular y universal de llegar a conocerse a uno mismo. Después de todo, ¿qué mejor manera hay de aumentar nuestro autoconocimiento que mirar hacia adentro, profundizar en nuestras experiencias y emociones, y entender por qué somos como somos? Cuando reflexionamos, podríamos estar tratando de comprender nuestros sentimientos (¿por qué estoy tan molesto después de esa reunión?); cuestionando nuestras creencias (¿realmente creo lo que pienso que creo?); pensando en nuestro futuro (¿qué carrera me haría realmente feliz?); o tratando de explicar un resultado o un hábito negativo (¿por qué me castigo tanto por errores pequeños?).

Pero los resultados de mi estudio, junto con los del doctor Grant y otros investigadores, parecen demostrar que este tipo de autorreflexión no ayuda necesariamente a las personas a conocerse mejor a sí mismas. Un estudio evaluó la forma de abordar problemas y la posterior adaptación de hombres que acababan de perder a su pareja a causa del sida. Aunque los que practicaban la instrospección, por ejemplo reflexionar sobre cómo sería la vida sin sus parejas, tenían un mejor estado de ánimo al mes de su pérdida, estaban más deprimidos un año más tarde. Otro estudio de más de 14.000 estudiantes universitarios demostró que la introspección estaba asociada con un nivel más bajo de bienestar. Otra investigación indicó que los que se autoanalizan suelen sufrir más ansiedad, tienen experiencias sociales menos positivas y actitudes más negativas sobre ellos mismos.

En realidad, la introspección puede oscurecer nuestra autopercepción y desatar un sinfín de consecuencias indeseadas. A veces, puede hacer aflorar emociones no productivas y perturbadoras que nos pueden abrumar e impedir la acción positiva. La introspección podría llevarnos a un falso sentido de certeza de que hemos identificado el verdadero problema. El académico budista Tarthang Tulku usa una acertada analogía: Cuando hacemos introspección, nuestra respuesta es parecida a la de un gato hambriento mirando a un ratón. Nos abalanzamos con impaciencia sobre cualquier “idea” que encontremos sin cuestionar su validez o valor.

El problema de la introspección no es que sea categóricamente ineficaz, sino que no siempre se hace bien. Cuando examinamos las causas de nuestros pensamientos, sentimientos y comportamientos, algo que solemos hacer al preguntarnos “por qué”, es tender a buscar las respuestas más fáciles y creíbles. En general, cuando encontramos una o dos, dejamos de buscar. Esto puede ser el resultado de nuestro sesgo de confirmación innato, que nos impulsa hacia las razones que confirman nuestras creencias ya existentes.

Preguntar “¿por qué?” en un estudio parecía indicar a los participantes que se fijaran en sus problemas en lugar de seguir adelante.

Preguntarnos “por qué”, a veces, puede dar lugar a que nuestros cerebros nos engañen. Supongamos que, por ejemplo, yo le pido a usted que detalle los motivos por los que su relación está yendo como va. Y supongamos que anoche su cónyuge se quedó de copas con los compañeros de la oficina más tarde de lo planeado y usted tuvo que preparar la cena sin ayuda para sus aburridos suegros que estaban de visita. Debido a lo que se llama el “efecto de lo más reciente”, este podría ser su pensamiento más destacado sobre su relación, así que, en respuesta a mi pregunta, su cerebro puede dirigirlo erróneamente a la primera explicación disponible: “mi cónyuge no pasa suficiente tiempo en casa y me deja a mí con sus padres, a pesar de que ese comportamiento sea algo bastante raro”. Del mismo modo, digamos que su cónyuge había salido de copas y cuando llegó a casa lo sorprendió con una escapada de fin de semana; su cerebro podría llevarle a pensar que su relación está en mejor forma de lo que realmente está.

Otro motivo por el que preguntar “por qué” no siempre es beneficioso es el impacto negativo que puede tener sobre su salud mental en general. En un estudio, después de que los estudiantes de una universidad británica suspendiesen lo que les habían dicho que era una prueba de inteligencia, les pidieron que describieran por qué se sentían mal. En comparación con un grupo de control, estaban más deprimidos inmediatamente después de la prueba, y estos efectos negativos persistieron durante 12 horas más. Preguntarse “por qué” parecía hacer que los participantes se obsesionaran con sus problemas y se culparan en lugar de seguir adelante de una manera sana y productiva.

Entonces, si preguntar “por qué” no es útil, ¿qué debemos preguntar? Un estudio de los psicólogos J. Gregory Hixon y William B. Swann, Jr. llegó a esta simple respuesta. Los investigadores dijeron a un grupo de estudiantes universitarios que dos evaluadores analizarían su personalidad según una prueba de “sociabilidad, simpatía e interés” que habían realizado anteriormente en el semestre. Luego, pidieron a los estudiantes que juzgaran la precisión de sus resultados.

Lo que los estudiantes no sabían era que los resultados de todos eran los mismos: un evaluador daba una evaluación positiva, mientras que el otro daba una negativa. Pero antes de juzgar la precisión, a algunos de los participantes se les dio tiempo para pensar “por qué” eran el tipo de persona que eran y a otros se les pidió que pensaran en “qué” tipo de persona eran. Los estudiantes que pensaron en el “por qué” dieron una evaluación negativa.

Como reflexionaron los autores del artículo: “Supuestamente los participantes que se enfocaron en el “por qué” usaron su tiempo de reflexión para racionalizar, justificar y explicar la información negativa”. Por otro lado, los estudiantes que pensaron en qué tipo de personas eran fueron más receptivos a los mismos datos y a la noción de que podrían ayudarlos a entenderse mejor a sí mismos. La lección es la siguiente: Debemos preguntarnos qué es lo que nos ayudará a seguir siendo receptivos y descubrir nueva información sobre nosotros mismos, incluso si esa información es negativa o entra en conflicto con nuestras creencias existentes. Preguntarnos “por qué” podría tener el efecto contrario.

Durante mi investigación sobre la introspección, mi equipo y yo reunimos a un grupo de 50 “unicornios” con conocimiento de sí mismos: personas que tenían una calificación alta en cuanto a autoconocimiento (tanto por ellas mismas como por los demás), pero que habían empezado con un nivel de autoconocimiento de bajo a moderado. Cuando miramos sus patrones de habla, nuestros unicornios informaron que, preguntaban “qué” con frecuencia y “por qué” con menos frecuencia. De hecho, cuando analizamos las transcripciones de nuestras entrevistas, la palabra “por qué” aparecía menos de 150 veces, pero la palabra “qué” apareció más de 1000 veces. Un unicornio, una madre de 42 años que había abandonado su carrera como abogada cuando se dio cuenta de que no la hacía feliz, lo explicó de esta manera: “Si preguntas “por qué”, [pienso yo] te pones en una mentalidad de víctima… Cuando siento que algo perturba mi paz mental, me pregunto, ¿qué pasa? ¿Qué es lo que siento? ¿Qué es esta conversación en mi cabeza? ¿De qué otra forma se puede mirar esta situación? O ¿qué puedo hacer para responder mejor?”

Por eso, a la hora de desarrollar los conocimientos sobre uno mismo, me gusta usar una simple herramienta que llamo “qué y no por qué”. Preguntar “por qué” nos puede llevar a nuestras limitaciones; preguntar “qué” nos ayuda a ver nuestro potencial. Preguntar “por qué” despierta nuestras emociones negativas; preguntar “qué” mantiene nuestra curiosidad. Preguntar “por qué” nos atrapa en nuestro pasado; preguntar “qué” nos ayuda a crear un futuro mejor. Además de ayudarnos a ganar introspección, preguntar “qué” en vez de “por qué” se puede usar para ayudarnos a comprender y manejar mejor nuestras emociones.

Supongamos que está de muy mal humor un día después del trabajo. Preguntarse “¿por qué me siento así?” podría provocar respuestas tan inútiles como “¡porque odio los lunes!”. o “¡porque simplemente soy una persona negativa!”. En su lugar, si pregunta “¿qué estoy sintiendo ahora?” podría darse cuenta de que se siente agobiado en el trabajo, exhausto o hambriento. Gracias a ese conocimiento, podría decidir prepararse la cena, llamar a un amigo o decidir acostarse más temprano.

A veces, preguntarse “qué” en lugar de “por qué” puede forzarnos a nombrar nuestras emociones, un proceso cuya eficacia ha sido demostrada por un gran número de investigadores. La evidencia muestra que el simple hecho de traducir nuestras emociones al lenguaje, en lugar de simplemente experimentarlas, puede impedir que nuestros cerebros activen nuestra amígdala, el centro de control del instinto de lucha o huida. Esto, a su vez, parece ayudarnos a mantener el control.

Sin embargo, hay una excepción importante al “qué y no por qué”. Cuando se enfrenta a desafíos empresariales o resuelve problemas en su equipo u organización, preguntar “por qué” puede ser fundamental. Por ejemplo, si un integrante de su equipo se equivoca en un proyecto importante de un cliente, si no analiza por qué se ha producido ese error correrá el riesgo de que se repita. O si un nuevo producto falla, necesita saber el motivo para asegurarse de que sus productos sean mejores en el futuro. Por ese motivo, una buena regla empírica es que preguntar “por qué” generalmente es mejor para ayudarnos a entender lo que ocurre a nuestro alrededor y, por lo general, preguntar “qué” nos ayuda a entendernos mejor a nosotros mismos.

En Marriott Hotels, todo lo que hacemos se guía por el principio de que los viajes amplían la mente y fomentan un pensamiento creativo. Por eso nos hemos asociado con TED, el mejor equipo en lo que respecta a la difusión de ideas que cambian el mundo. Aquí compartimos las mejores ideas mediante artículos y videos que invitan a la reflexión para despertar la creatividad de los viajeros e inspirar nuevas perspectivas.