Nuestras innovaciones

En busca de la chispa perdida

por Bridget McNulty

Ilustraciones de Ping Zhu

A veces, todo lo que nuestra creatividad necesita de nosotros es una dosis de aire fresco.

Tiempo de lectura: 08 min.

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Mi vela arde por ambos lados; no durará toda la noche, pero, ah, mis enemigos y oh, mis amigos, ¡da una luz hermosa!

Julia bebió un sorbo de su old fashioned y suspiró. Un verdadero suspiro, odioso, a todo pulmón. Últimamente, tenía la sensación de que el poema se repetía sin cesar en su cabeza, un recordatorio irritante de su vida anterior, cuando podía vivir feliz conforme a las palabras de Edna St. Vincent Millay y hacer arder su vela por ambos lados.

¿Hoy en día? No tanto.

“¡Julia!” siseó su jefa, Samantha, a través de una sonrisa forzada. “¿Podrías dejar de actuar como si estuvieras en un funeral y tratar de mostrarte aunque sea algo agradable con nuestros clientes? ¿Por favor?”

El chiste era que Julia se sentía como si estuviera en un funeral. Aunque había conducido desde Los Ángeles por esa noche y se encontraba en un bar sumamente a la moda en el centro de Oakland, bebiendo un cóctel verdaderamente delicioso. Últimamente sentía que sus sentidos estaban embotados: todas las cosas que debían causarle alegría estaban escondidas al final de un largo túnel. ¿Y quién tenía fuerzas para salir a explorar túneles oscuros?

Aún así, estaba alojada en el Oakland Marriott City Center de Oakland para una velada de socialización con sus clientes del área de la bahía y debía socializar. ¿Qué tan difícil podía ser para ella, la diseñadora principal de Samantha Rhum prendas de vestir, reunir algo de entusiasmo acerca de la nueva línea de ropa de mujer en la que estaba por comenzar a trabajar? Pero sentía que cualquier cosa que implicara creatividad estaba fuera de su alcance estos días. Julia terminó su bebida y se dirigía al bar a buscar otra cuando sintió una mano que le tocaba el brazo.

“¿Julia? ¿Julia Conklin?” Volvió la cabeza y se sintió transportada de golpe 10 años hacia atrás, al día de su graduación de la Universidad de Berkeley. Despedidas entre lágrimas y promesas de seguir en contacto cuando sus florecientes carreras artísticas despegaran. Una certeza envolvente de que la vida sería profunda y alocadamente creativa.

Tim la abrazó; fue un abrazo fuerte, largo y profundo. El tipo de abrazo que no había sentido en años.

“¡No puedo creer que seas tú!”, dijo él, aún sosteniendo sus brazos una vez que dejó de abrazarla. “Casualmente, estuve pensando en rastrearte en Facebook la semana pasada, pero pensé que sería raro después de todo este tiempo… Y ahora, aquí estás”.

“¡Aquí estoy!”, asintió ella débilmente, sintiendo, de repente, que la vergüenza la carcomía. No era nada en particular y era todo al mismo tiempo: su vestido recto negro era aburrido y estaba apelmazado en ciertas partes. Su cabello, con un corte estilo carré nada interesante. Estaba segura de que tres años de noches fracturadas gracias a dos pequeñas personas a las que no les gustaba dormir la habían envejecido antes de tiempo.

¿Tim, por otro lado? El fabuloso y enérgico Tim simplemente había continuado con su fabulosa y enérgica trayectoria desde la etapa universitaria. Aquí estaba, a todo color, luciendo un traje que le quedaba a la perfección; cualquiera juraría que no tendría más de treinta años.

Julia enderezó un poco más la espalda, respiró hondo y buscó algo de energía en su interior. “Cuéntame, ¿qué te trae a Iron & Oak?”, preguntó.

“Trabajo”, contestó él, mientras agarraba los cócteles que había ordenado en algún momento sin que ella lo notara y le alcanzaba uno a ella. “Bueno, arte”, dijo con una sonrisa pícara. “¡Por eso estuve pensando en ti!” Recuerdas que no parabas de repetir que la única forma de vivir era sumergirse en el arte y que cada día debía ser una obra de arte?” Julia lo recordaba, en algún lugar en lo profundo. Parecía una frase de una película que había visto alguna vez: El tiempo antes.

Es decir: antes de que supiera algo sobre la vida real. Antes de tener dos hijos de menos de tres años y un marido encantador, pero frustrante, y una carrera. Antes de ser constante y exhaustivamente requerida, requerida, requerida. Estaba segura de que Tim podía notarlo. De que el color y esa chispa que solía tener le habían sido extraídos de su ser.

Julia abandonó sus divagaciones para escuchar el final del apasionado discurso de Tim: “así que hice todas las piezas de arte para la remodelación de este hotel y cuando me preguntaron cómo describirlo, les dije que debían escribir: ‘Las piezas de arte son, en realidad, verdadero arte’. ¡Ese era prácticamente tu eslogan en la universidad!”

Su teléfono vibró; lo miró rápidamente e hizo una mueca. “Debo irme. Pero ¿podríamos encontrarnos pronto para ponernos al día como se debe? Te solicitaré amistad en Facebook realmente esta vez. ¡Qué gusto haberte visto!”.

Y al cabo de otro abrazo triturador de huesos, se fue.

Julia miró a su alrededor. Su jefa continuaba lanzándole dardos pasivo-agresivos, pero los clientes se veían lo suficientemente contentos y tras el encuentro con Tim, Julia sintió… algo. Algo raro y, sin embargo, extrañamente familiar. Una agitación en la boca del estómago que no podía definir; no era entusiasmo exactamente, pero era algo. Necesitaba algo de aire, algo de espacio, para descubrir qué era.

La terraza de la piscina estaba tranquila y cálida. El crepúsculo flotaba en el aire como una promesa y la piscina reflejaba delicadamente la luz tenue que se desvanecía. No había nadie más allí, nadie que pudiera oírla o verla, o pedirle nada. Solo esa sensación… como el comienzo de una buena idea.

El agua le quitó el aliento al zambullirse, atravesó la bruma en su cerebro y le provocó una risita bajo el agua. ¿En realidad estaba nadando vestida en medio de un evento del trabajo? Se impulsó hasta la superficie para tomar aire y nadó velozmente hacia el otro extremo. Brazada, brazada, respiración, brazada, brazada, respiración, brazada, brazada, respiración. La sensación en su estómago crecía cada vez que el agua le golpeaba la cara. Brazada, brazada, respiración, brazada, brazada, respiración, brazada, brazada, respiración. Siempre sintió que la natación era como meditar, pero esto era algo más, algo que cobraba vida y luchaba por salir. Brazada, brazada, respiración, brazada, brazada, respiración, brazada, brazada, respiración. ¿En qué momento dejó de exigir que cada día fuera una obra de arte? ¿Por qué permitió que el yugo diario le arrebatara su esencia? ¿En qué momento se olvidó de que el diseño también es arte?

Julia nadó hasta que le dolieron los brazos y sintió los pulmones en carne viva. Luego, salió de la piscina y se sentó en el borde, jadeando; observó el cielo nocturno cada vez más profundo, las primeras estrellas que centelleaban más allá de las luces de la ciudad, las torres de ventanas que se encendían como guirnaldas de luces.

En su vida anterior había sido arriesgada. Audaz. Un libro para colorear con cada centímetro de espacio completo con tonos brillantes, sin importar las líneas. Se enorgullecía de que no le importara lo que las demás personas pensaran, le divertía lo absurdo y disfrutaba del más pequeño de los detalles. ¿Dónde estaba esa chica? ¿Cómo le había permitido que se perdiera de esa manera?

Sintió que salir de la piscina en un vestido empapado que se adhería a su cuerpo de madre de dos era un paso en la dirección correcta. Atravesar con elegancia el lobby hasta el bloque de ascensores era otro. Sintió que mirarse, realmente mirarse y verse de verdad, en el espejo del ascensor mientras subía a su habitación en el cuarto piso era como tenderle los brazos a una amiga que no veía hacía años.

Julia tembló ligeramente al ingresar en la habitación con aire acondicionado, sintió escalofríos que le corrían por los brazos y las piernas. La habitación estaba impecable: la cama de plataforma era una pieza de arte. Las maderas neutras se contraponían a los toques de metal oscuro y la chaise longue la invitaba a acercarse a la ventana, que mostraba la ciudad como en un libro de ilustraciones.

Se hundió brevemente en la cama, estropeando sus líneas perfectas. Se vio tentada a apagar su teléfono y pasar el resto de la noche en esa hermosa habitación, disfrutando de la felicidad de una noche sin tener que levantarse ni escuchar llantos, ni preparar la cena. Podría envolverse en una bata y atrincherarse allí, con bocadillos y vino, y algunas malas comedias románticas.

Julia dejó que su mente transitara ese camino por un momento, antes de ponerse de pie y observar con más detenimiento las piezas de arte de Tim que colgaban encima de la cama. Era, como él había prometido, verdadero arte. Y sintió un cosquilleo de emoción que le recorrió el cuerpo. Si Tim podía hacerlo, ¿por qué no ella?

Caminó hasta la ventana. Afuera, el cielo se había oscurecido, pero el paisaje resplandecía por los edificios cercanos del centro. Abajo, podía ver la terraza de la piscina iluminada y vacía, y sintió la misma sensación que finalmente había comprendido bajo el agua. Esa misma sensación de posibilidad…

Sintió que una risita le subía por la garganta al pensar en sus clientes viéndola nadar en su vestido; eso le generó la voluntad de volver al bar y deslumbrarlos. Tras una ducha caliente con efecto lluvia, rápida, pero como caída del cielo, se puso un vestido que había traído como segunda opción y regresó a Iron & Oak.

Samantha corrió a su encuentro con una mirada de absoluta incredulidad. “¿Te volviste loca? ¿Cómo se te ocurre dejarme sola con el cliente durante media hora?”

“Bueno, discúlpame, yo…”

“Tu cabello está mojado”. Samantha dio un paso atrás y miró a Julia de arriba a abajo, desconcertada.

“Es una larga historia. Pero acompáñame a la mesa. Se me ocurrió una idea”. “¿Qué?”
“Ya verás… trajes de baño”.

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*Los nombres y los personajes son ficticios.


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