Cuento corto

Los fantasmas de Brookline High

Por Bill McCool

Ilustraciones de Hugo Herrera

Cuando el cosmopolita y refinado Mark vuelve a su ciudad natal para la reunión del vigésimo aniversario de egresado de la secundaria, no sabía que se iba a convertir en algo más que cosas anticuadas y saludos incómodos. A la mañana siguiente lo aguardaba una taza de café… y una sensación de comunidad.

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–¡Mark! Mark, ¡soy yo, Bobby!

Esa voz, a gritos en el celular, era demasiado típica de Boston, demasiado nasal. Algo que su novio David llamaría una “aflectación” siempre que a Mark se le escapaba (lo que casi nunca ocurría si podía evitarlo).

«Mark» –gritó Bobby en el celular–. Estoy abajo. I got you Dunkin’. No sabía cómo te gusta el café, así que les dije que le pusieran de todo.

La noche anterior a la abrupta llamada telefónica, Mark había ido a la reunión del 20.º aniversario de egresados. Originalmente no tenía planeado ir, pero después de volver a casa para resolver unos asuntos con la herencia de su madre y ver cómo se iban acumulando las notificaciones del evento en Facebook, le picó la curiosidad.

La noche de la reunión, se alojó en el Boston Marriott Cambridge, frente al río y a pocos kilómetros del lugar donde creció, en Brookline. Prefirió hospedarse con los ajetreados turistas y los creativos comerciales, porque sabía que todos tenían un itinerario preciso y así él podría trabajar tranquilamente. Además, había perdido el contacto con los pocos amigos que todavía le quedaban en Boston.

Mark no conocía a Bobby en lo más mínimo, no se acordaba de quién era ni de si alguna vez lo había visto antes. Pero en la reunión, Bobby lo había saludado muy cordialmente, hasta lo abrazó antes de que pudiera escabullirse hacia la barra donde Mark se quedó con el mismo trago de siempre sonriendo sin muchas ganas a las pocas caras que realmente reconocía.

Bobby hablaba con Mark, como si fueran amigos de toda la vida, contándole todo, desde la última cirugía de hernia de su mamá hasta Rogaine y el infortunio de medir dos metros.

–A la gente no le gusta que estés por encima de ellos, ¿sabes? –le contaba Bobby.

Mark trató de excusarse, pero Bobby insistió en continuar la charla al día siguiente durante el almuerzo. Si bien Mark volvía a San Diego a la mañana siguiente, Bobby se ofreció a llevarlo a desayunar y al aeropuerto, y no iba a aceptar un no como respuesta.

***

Mark comprobó el estado de su vuelo no bien entró al vestíbulo y torció el rostro. Dos horas de demora. Tenía planeado cenar con David esa noche y, al día siguiente, volver a ponerse en camino esta vez con destino a Napa, para llevar a cabo una serie de entrevistas en la región vinícola.

Bobby estaba frente al hotel, junto a su vulgar auto japonés, que tenía las ventanillas tatuadas con calcomanías de viajes compartidos. El compromiso que esas calcomanías transmitían sobre el tiempo que Bobby había pasado en la carretera recordaban a Mark la cantidad de tiempo que él mismo pasaba en el aire.

Mark era escritor de viajes, y ya había dado la vuelta al mundo casi tres veces. El día en que se graduó de la secundaria, su mamá le regaló una mochila enorme, 500 USD y un pasaje solo de ida a Buenos Aires. Cuando le preguntó por qué había elegido Buenos Aires, ella le explicó que había hecho girar el globo terráqueo y ahí fue donde aterrizó su dedo.

No tenían globo terráqueo.

Mark se fue a Argentina un mes más tarde y, no bien bajó del avión, se compró un diario de viaje. Tomó cerveza esa noche en la terraza de una cafetería de la Plaza Serrano y quedó tan intoxicado con la vida nocturna y la energía de esa ciudad que lo único que podía hacer era escribir. Desde ese momento siguió viajando de una forma un otra.

–No pensé que hablabas en serio cuando te ofreciste a llevarme –dijo Mark a Bobby cuando salía del hotel.

–¿Para qué vas a pagar todo ese dinero para ir al aeropuerto cuando me tienes a mí? –le preguntó Bobby. Le dio el café con crema y azúcar a Mark. Daba igual que a Mark le gustase el café solo, sin nada.

–Mi vuelo lleva dos horas de retraso. Seguro que tienes trabajo –dijo Mark en un último intento por librarse de Bobby.

–Yo fijo mis horas –le sonrió el residente de Boston–. Vamos a desayunar.

***

Pararon en la pequeña cafetería de una de sus antiguas compañeras de clase, Carol, que tenía la misma sonrisa y, tal vez. la misma camisa de lentejuelas de la noche anterior.

–Menuda resaca, Bobby –le dijo mientras les mostraba una mesa que daba a Beacon Street– pero si yo no vengo, aquí no abre nadie las puertas.

–Mi mamá vivía a dos cuadras de aquí– se oyó decir a sí mismo Mark mientras Carol les pasaba los menús.

–Claro –dijo Carol– Nancy era la fan número uno de mis bollitos de canela.

–¿La conocías?

–Todos conocíamos a esa diva –dijo mientras se volteaba a alcanzar la jarra de café–. ¿Necesitan combustible?

–¡Urgentemente! –bromeó Bobby.

–Qué curioso –murmuró Mark–, todos se conocen.

De inmediato sintió que algo lo transportaba a su juventud. De niño, le parecía que su madre conocía a todo el barrio. Se cruzaban con alguien en la calle y ella, inevitablemente, se quedaba a hablar durante una hora, retrasando su llegada a dondequiera que fuesen. Y siempre llegaban tarde. Él odiaba llegar tarde.

Mark era más introvertido que su mamá, prefería vivir en su imaginación y, en sus años adultos, en el aire. Escribía para varias publicaciones, pero también mantenía un blog de viajes bastante exitoso con una importante cantidad de seguidores. Para Mark, aunque pudiese conectarse con su audiencia para decirles dónde conseguir el mejor queso en Bretaña o cuáles eran los mejores lugares para desayunar en Vermont a través de los comentarios de sus artículos, tenía claro que la comunicación nunca iba a pasar de ahí. Su madre con frecuencia se preguntaba si no habría elegido ser escritor para vivir dentro de su propia mente y diseccionar minuciosamente todos los detalles sobre las botas de trekking.

Antes de que muriera, Mark apenas la visitaba y ahora, sentado en esa cafetería a unas pocas cuadras de su casa, eso le hacía sentir mal. Le encantaba llevarla en sus viajes; todo lo que hacían parecía una aventura homérica, pero en los últimos años de su vida los viajes transcontinentales eran cada vez más imposibles.

–El barrio siempre ha sido así –dijo Bobby, trayéndolo de vuelta al presente–. Todo lo que quieres al alcance de la mano. ¿No es cierto, Carol?

Carol sonrió desde otra mesa con una mirada que advertía que llevaba café caliente.

–Es duro regresar –dijo Mark–, siempre aprendo algo de los lugares nuevos.

–Es divertido, ¿verdad? –le preguntó Bobby.

–Sí. A veces pienso que invierto tanta energía tratando de entender otros idiomas, culturas y gente nueva, que me olvido de cómo era vivir aquí, de estar en casa. Perdí el contacto con tanta gente, contigo…

–¿No tienes amigos? –preguntó Bobby con una sonrisa pícara y mirada preocupada.

–Tengo a mi novio, David.

–Pero él no es un amigo –dijo Bobby, mientras Carol les servía el café. Apuró rápidamente la taza de café mientras pedían el desayuno y, para sorpresa de Mark, Bobby hizo un gesto pidiendo más.

–Tienes que buscarte amigos –le dijo Bobby mientras Carol iba hacia la cocina–. Yo estuve casado ocho años. Marion definitivamente no era mi amiga. Te lo aseguro. Ni siquiera estaba entre mis mejores diez amigos. Ni siquiera vino conmigo a ver la exposición de mi cuadro.

–¿Tu cuadro? Mark trató de imaginarse las manos de Bobby sosteniendo una paleta.

–En el Museo Isabella Gardner –dijo Bobby–. ¿Has ido alguna vez?

Mark dijo que no con la cabeza.

–Voy allí, no sé, quizá una vez al mes. Hay un cuadro de una bailarina gitana. Nunca me canso de verlo. Es muy hermoso. La sombra que proyecta. Al fondo puede incluso verse a unos músicos. Mi madre dice que parece que uno se quedó dormido detrás, pero a mí me parece que no. Creo que el tipo está sintiendo la música. Sea como sea, la mujer está bailando. La tarantela. Dicen que si te pica una araña, puedes volverte histérico, entonces tienes que sacudirte los demonios. ¿Lo sabías?

Bobby gesticulaba, desenfrenado, sacudiendo sus propios demonios. Era algo que la madre de Mark haría también, como si la única forma de impulsar la salida de las palabras y las historias fuese guiándolas con las manos. Bobby le hacía acordarse de ella, de su forma de ser.

–Tengo que serte honesto –dijo Mark en un arranque de franqueza–, no me acuerdo de ti.

Bobby sonrió. –No pasa nada –dijo–. Nunca nos dirigimos la palabra durante la escuela, ni siquiera cuando íbamos a la misma clase en el último año. Con el profesor Tinney, historia universal. ¿Te acuerdas de él?

–Tu memoria es mucho mejor que la mía.

Carol volvió a llenar la taza de Bobby por cuarta vez.

–Tómatelo con calma –le advertía en broma Carol. Bobby sonrió y tomó un sorbito delicadamente.

–Verás –le explicó Bobby–, a Tinney le gustaba hacer cuestionarios todos los viernes, y los evaluaba en clase. Entonces elegía a los que peor resultados obtenían y yo, yo nunca sabía nada. A algunos les parecía gracioso, o que los hacía trabajar más porque los llamaba. Pero eso a mí nunca me funcionó. Me dijo que yo le recordaba a su perro, que no podía entrenarlo para que fuese al baño. Siempre había puesto periódicos en el piso, pero el perro no acertaba. Y ese era yo, eso era lo que decía Tinney. Y todos se reían y pensaban que era gracioso. Si te soy sincero, creo que contó esa historia un par de veces. Sea como sea, me hizo llorar.

–Lo siento –dijo Mark. Miró atentamente a Bobby, podía ver que esa historia seguía molestándole.

–Pero tú dijiste algo. Tú dijiste: “¿cuál es su problema?” Le dijiste que dejara de molestarme. ¡Le gritaste! Y después te fuiste dándole un portazo a la cara. No te acuerdas de nada, ¿verdad?

–No.

–Nunca nadie había hecho algo así por mí.

Bobby hizo una pausa y rápidamente se tomó el resto del café.

–Eso es lo que deben hacer las personas –dijo Bobby limpiándose el labio superior–. Ser buenas las unas con las otras. No tenías por qué hacerlo, ¿entiendes? No sé si yo mismo lo hubiera hecho.

Carol les sirvió los sándwiches del desayuno.

–Pero todos tratamos de hacer las cosas lo mejor que podemos, ¿verdad? –prosiguió Bobby–. No se trata solo de ti ni de mí, ni de ninguna de estas personas que están aquí solas, ¿sabes? …Oye, ¿te vas a comer ese pepinillo?

–Es todo tuyo –dijo Mark.

***

Después del desayuno los dos caminaron hacia la que solía ser la casa de su madre. Cuando ella murió, y Mark la vació, le dio las llaves al agente inmobiliario y se subió a un avión. Todos los sentimientos que surgieron quedaron totalmente anulados por el mal de las alturas que experimentó en una diminuta yurta en el Himalaya. En un mes, otra familia ocupó el espacio que Mark había llamado su hogar durante tanto tiempo.

–Eso es lo bueno del ladrillo –dijo Bobby.

–¿Qué cosa? –preguntó Mark.

–No puedes pintarlo, así que la casa siempre seguirá igual –dijo Bobby, evaluando la propiedad–. ¿Listo para ir al aeropuerto?

–Vamos a ver tu cuadro –propuso Mark.

–¿No perderás tu vuelo?

–¿Sabes una cosa? Va a ser un placer llegar tarde.


Boston Marriott Cambridge

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